El último amanecer a las veredas,
el primer saludo de las almohadas,
el tic del miedo, el tac del tiempo.
Un café negro, el calor del agua, el riego de la pena.
Unas pileta de monedas olvidadas,
algunas preguntas de los espacios cerrados.
Un terreno de pasto para recostarse,
un argumento suficiente para matar a alguien.
Mi plaza, que no es espacio, sino vacío en la historia.
Los sellos de interpretación juiciosa que nunca mata,
la correcta intención de no querer dañar, para no ser dañado;
El hecho, que de lo mismo perder todo, si sé que no fue mio.
Jardines de romanticismo entre la urbanidad,
una explanada de soberbia con miradas de estima baja,
vestigios de alma, trozos de respiro, escarnio de vecinos.
Fantasmas de carne, huesos sin alma, sangre de mentira, venas de agua.
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